Uno de los rasgos que más diferencia un ser humano de otro es su grado de inconformismo ante la vida.
Siempre me han maravillado esas personas que son conformistas, que tienen un baremo vital que no necesitan superar. Consiguen un trabajo conveniente y ya no toman más responsabilidades, se limitan a conservarlo. Tienen una relación estable y, aunque no sea lo que sueñan, simplemente la dejan estar. Se acomodan y pasan sus días en relativa comodidad, con la única preocupación de que no venga nada ni nadie que altere su orden.
Pero yo no. Siempre más. Siempre anhelando, siempre soñando, siempre deseando, pidiendo, esperando. "Conformarme" es algo que no entra en mi diccionario. Al menos como "medio de vida". Temporalmente, quizás... pero conformarme va abriendo grietas en el frágil dique de mi felicidad. Grietas pequeñas, por las que, al principio fluyen hilos de agua que no representan peligro. Pero, poco a poco, las grietas crecen y, a menudo, se produce el derrumbe y el desborde.
¿Aprenderé a conformarme? ¿Será una simple cuestión de edad, madurez, asentamiento?
No lo sé. Y confieso que me da miedo. Me asusta pensar que estoy condenado a ser un insatisfecho de por vida. A no tener tranquilidad más que en momentos puntuales...
Pero, sobre todo, me preocupa por ella. ¿Aguantaré con lo que me puede ofrecer?. Sé que es mucho, muchísimo para su situación. Pero... sé que podría ser más. Y, al mismo tiempo, ya me da tanto...
Todo esto viene al hilo del excelente comentario que María me ha dejado en mi anterior post. Dice que ha decidido dejarse llevar, intentar disfrutar del día a día sin preocuparse de más. Pero también dice "hay días que lo llevo mejor". Por lo que sospecho que en el fondo está igual que yo, que sabe que así no puede estar, que llegará el día que necesite algo más.
¿Lllegará?...